A fines del siglo XIX, miles de hawaianos nativos con lepra fueron arrancados de sus familias y desterrados a una península aislada en la isla de Molokai. En este lugar de desesperanza llegó un joven sacerdote belga, el padre Damián, que eligió compartir su destino. Comía con los enfermos, les vendaba las heridas y cavaba sus tumbas. Para sus críticos parecía imprudente y obstinado, pero para la gente era padre y amigo. Con el tiempo, la compasión de Damián lo llevó a contraer la enfermedad él mismo, convirtiéndose en uno con aquellos a quienes servía. Cuando murió de lepra en 1889, el mundo lo lloró como un héroe y un santo. Su sacrificio inspiraría a generaciones, desde Robert Louis Stevenson hasta Gandhi y la Madre Teresa.
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