Rojo y Azul se mueven por las habitaciones de una casa aislada más allá de las montañas suizas, siguiendo los ritmos tranquilos de sus días, esperando —para ella, a que algo suceda, a que el tiempo se mueva—. Pero el tiempo se demora, se pliega, se repite. La casa no es un hogar sino un residuo, un eco de vidas pasadas, deseos pasados, ensayos pasados de pertenencia. No es un lugar de transición sino de repetición, una arquitectura de desaparición donde la presencia y la ausencia se colapsan en una. Frente a un paisaje inquietantemente inmóvil, Äned am Bärg (Yonderland) difumina la línea entre la realidad y la memoria, la expectativa y la pérdida. A través de imágenes oníricas y interacciones enigmáticas, explora el peso de la espera, el desenlace de la identidad y la condición de queer como un estado de suspensión —un rechazo a llegar—.
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