Antónia no jugó con muñecas, ni aprendió a leer y escribir a la edad en que los niños van a la escuela y no suelen vender su fuerza laboral. Ella experimentó las duras desigualdades sociales del salazarismo. Acostumbrada a trabajar desde el amanecer hasta el anochecer, el trabajo sigue siendo su "deporte" hoy en día. Lamenta que aquellos que extrañan la dictadura no sean obligados a experimentar en carne propia lo que fue el fascismo... Nos cuenta todo esto mientras sus manos preparan la masa para los pasteles de Pascua, perfumados con anís, con la dedicación de una maestra.
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