Bajo las condiciones de vida más duras, cuatro poetas han tenido que emplear su imaginación para sobrevivir. Marjoleine Boonstra eligió centrarse en la percepción sensorial durante su cautiverio. Historias personales sobre contacto físico, sonido, sabor y olor ofrecen una visión intrigante de los años emocionales en la cárcel. A los dieciocho años, Nizametdin Achmetov entró en la cárcel virgen, y veinte años después salió, todavía virgen. La cubana Maria Elena Cruz Varela se encontraba sola en un entorno carcelario donde cualquiera podía traicionarla, mientras que la rusa Irina Ratoesjinkaja descubrió que sus compañeras de celda podían ser aliadas indispensables. Pero durante los primeros días después de su liberación, sus ojos no podían soportar los colores vivos de la libertad.
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