Después de años de retraso, un viaje largamente planeado comienza finalmente. El cineasta impone una regla silenciosa: solo una toma al día. Este ritmo autoimpuesto se convierte en un ritual diario de observación, grabación y reflexión. Lo que emerge es un diario filmado —una crónica de asombro que cartografía tanto paisajes externos como estados internos—. Cada imagen lleva una pregunta persistente: ¿qué significa seguir haciendo películas? A través de territorios desconocidos, la creación de películas trasciende la documentación para convertirse en un acto de presencia y un intento de redescubrir el significado. El resultado es una meditación sobre el cine en sí —su persistencia, soledad y poder transformador sobre lo cotidiano.
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