Daniel Carr estaba seguro de que su vida no podía empeorar. Después de todo, tenía un trabajo sin futuro, el negocio inmobiliario de su esposa no existía, discutían constantemente y la única cosa que todos le decían que sería la solución a todos sus problemas, no podía hacer. Su padre fallecido le dejó en herencia un valioso terreno comercial, haciéndole prometer que no lo vendería hasta que llegara el momento adecuado… pero su padre no dio ninguna pista sobre cuándo sería ese momento. Luego, su vida empeoró. Perdió su trabajo, lo que llevó a su esposa a decidir que ya no podía soportar las presiones de su matrimonio. Sin embargo, un encuentro casual con un pastor local convence a Daniel de que debe ser obediente al plan de Dios para su vida. El resultado de esa obediencia demuestra que el Plan de Dios es nuestro propósito.
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