La vida de Herb es un desastre. Ha perdido su subsidio, no puede mantener un trabajo, no puede hablar con su hijo, tiene un vecino que no para de hablar y una dieta que consiste principalmente en cerveza barata y guisantes blandos. No es forma de vivir y él lo sabe. Luego aprende de un informe de noticias de la televisión que los presos daneses lo tienen mucho mejor que él: un trabajo, atención sanitaria accesible, la tranquilidad del campo, incluso un HDTV. Están viviendo prácticamente en hoteles. Se despide (y se alegra de librarse) de su mugriento piso y se cuela en un barco de carga con destino a Dinamarca, llegando a un pueblo pintoresco con todo lo que necesita, incluyendo un banco para robar. Pero cuando conoce a una amable camarera local y a un perro callejero adorable que no se aleja de su lado, comienza a preguntarse si la cárcel es realmente su única oportunidad de tener una vida plena.
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