Vivimos en una era en la que las agendas LGBT dominantes giran cada vez más en torno a temas de familia, matrimonio, reproducción y servicio militar. Los términos culturales para los análisis y la organización social en torno a estos temas requieren una capitulación agresiva a nociones peculiarmente humanistas occidentales de la familia nuclear, así como del espacio privado y público. Como resultado, las críticas feministas y queer a las estructuras familiares (nucleares y de otro tipo) son cada vez más escasas. La capacidad de entender los abusos de la familia y la violencia doméstica como síntomas de dominaciones institucionalizadas más amplias se vuelve virtualmente imposible.
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