La moraleja es simple: mantén la boca cerrada, especialmente cuando estás trabajando durante la guerra en una fábrica que produce solo coches de carreras, o alguien puede (o incluso debe) ser asesinado. No es una buena película, ni tampoco mala. El final es abrupto y artificial, lo que parece ser una plaga común de las películas de crimen del Tercer Reich. Gustav Fröhlich nunca pudo deshacerse de sus manierismos y sobreactuación de la era del cine mudo. Pero por otro lado, esta película no es aburrida y tiene algunas giros de trama decentes y actuaciones.
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