Para Jorge Cedrón, esto fue un acto de afirmación nostálgica y política. No podía explicar por qué lo hizo, pero declaró: «Era necesario hacerlo». El resultado, nunca proyectado públicamente en Argentina, es de una alegre libertad creativa, un collage musical donde la historia del tango y sus raíces se entrelazan con la historia política argentina. Un callejón de Buenos Aires reconstruido en el teatro de Ariane Mnouchkine, un anciano europeo que puede tocar las melodías para las que se creó el bandoneón, pero que no conoce el tango, una reunión de amigos en el estudio de Antonio Seguí, la música de Cuarteto Cedrón, caballos de juguete y un indio desconcertado son algunos de los muchos elementos que el cineasta combina en esta obra singular y única.
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