Perrone vuelve al color y elige la pintura europea como espacio para su relato y como tierra de experimentación. El escenario: cuadros de Manet, Monet, Renoir, entre otros artistas seleccionados; paisajes al aire libre y abiertos reunidos a través de sus similitudes. Los personajes que se mueven allí: dos hombres, dos mujeres, dos cazadores, dos criaturas ominosas (una de ellas una pequeña criatura nocturna con dos ojos y un cuerpo humano bruto y salvaje). Dividida en 18 actos, la narrativa de esta película se limita a mostrar breves episodios sobre el deseo y la violencia como combustible de las empresas humanas, mientras sus personajes deambulan por el bosque. Sin palabras, Perrone apuesta todo a la yuxtaposición de texturas, a las superposiciones y al poder de los primeros planos de rostros – estos son sus principales argumentos.
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