Con un traje impecable, una maleta firme en la mano y un rosado cerdito de la suerte brillante bajo el brazo, Kamiel Maes, conserje del departamento de parques, se planta en la puerta del hotel de cinco estrellas. Las puertas correderas se abren y aparece el lujoso vestíbulo. Mientras que en la vida cotidiana Kamiel trabaja en el parque frente al hotel y ve un Mercedes tras otro llegar, sus ahorros le han permitido estar hoy al otro lado de la puerta. Con un estado de ánimo excesivamente entusiasta, Kamiel se adentra en el mundo del dinero y los negocios. Mientras que todo parecía una utopía para Kamiel, resulta ser más un mundo de infelicidad. La felicidad resulta ser relativa, y los olores y colores de las plantas y las flores siguen siendo el hogar feliz de Kamiel.
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