Dos almas cojas en la sesentena chocan –literalmente– en una esquina de la calle. Lo que comienza como un accidente torpe se convierte en una chispa silenciosa. Tomando café, se demoran. Hablan. Y así, una intimidad inesperada comienza a florecer. La Babosa y el Caracol traza el suave despliegue de una conexión nacida no de la urgencia, sino de la presencia de dos cuerpos largamente ignorados por el ritmo del mundo, que encuentran ritmo el uno en el otro. La película de Anne Benhaïem es una oda tierna al envejecimiento queer, a la liminalidad, al amor que no necesita gritar para ser escuchado. Con una dirección despojada y actuaciones que laten con una verdad vivida, la película crea un espacio de suavidad radical. Habla de la soledad sin lástima, del afecto sin espectáculo. Nos recuerda que el deseo no se desvanece, solo cambia de forma. Benhaïem misma interpreta a una de las dos personas de la pareja, aportando un magnetismo crudo y honesto que hace que la historia se sienta vivida en lugar de representada. Esto es cine como susurro, como espejo, como rebelión suave.
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