Lydia está estancada: incapaz de terminar su tesis de maestría, comprometerse con su relación a largo plazo y encontrar un trabajo que realmente desee. La madre de Lydia la llama y le informa que una amiga de la familia que había perdido el contacto ha fallecido, lo que hace que Lydia se sienta abrumada por alguien a quien solía conocer. Al ordenar las postales de Bea, Lydia vislumbra una vida vivida plenamente: audaz, romántica, libre. Luego llega una sorpresa: Bea le ha dejado una granja de lavanda en ruinas en el norte de Italia. Su novio Colin la descarta por completo. Esa noche, Lydia encuentra las postales de Bea empapadas en condensación, que hacen las veces de posavasos para la cena de televisión de Colin. Algo se abre dentro de ella. Las palabras de Bea resuenan en su mente: estos campos la están llamando a su hogar.
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