El director François Reichenbach reunió 90 minutos de metraje sobre rituales y costumbres japoneses, artes marciales, evidencia del comercialismo occidental y las casi inexpresivas caras de los habitantes urbanos que parecen envolverse en el anonimato como protección contra las multitudes abarrotadas. Sin el beneficio de entrevistas o análisis de lo que pasa ante los ojos en la pantalla, el desfile de escenas japonesas parece tener lugar a cierta distancia, convirtiendo al espectador en un claro foráneo sin un amigable intérprete que base su perspectiva.
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