Cuando se le pide su verdadero nombre, la mujer fogosa de un burdel rural respondería: "Ligaya. Significa alegría. Y eso es lo que vendo". Sin embargo, la prostituta de pueblo no se ha resignado a estar en el negocio de la carne para siempre. Todavía alberga el sueño de dejar el trabajo algún día. Ahorra dinero y se imagina que alguien vendrá y se casará con ella como si fuera limpia y nunca hubiera sido una prostituta. Eso se convierte casi en realidad cuando un granjero trabajador entra en su vida. Bajo circunstancias problemáticas, sus posibilidades se desvanecen, pero no exactamente por su propia culpa.
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