Con HECHOS PARA SER DESTRUIDOS, Christian Marclay edita una multitud de fragmentos de películas en los que se destruyen obras de arte. El minucioso trabajo de investigación previa y la posterior edición resaltan una serie de patrones narrativos y culturales en los que el arte es víctima de la violencia. Ya sea rociado (Batman, 1989), quemado (Equilibrio, 2002) o destrozado (La sangre de un poeta, 1932, y La pistola desnuda, 1988), las obras de arte son destruidas en momentos que expresan rabia contra uno mismo y los demás, el dolor de la pérdida, rebelión contra un estado o poder político, o simplemente como el complemento perfecto para un accidente cómico.
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