Al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército alemán se retiró de Letonia, también se llevó consigo 700 cajas de materiales de los museos letones. Si no fuera por una joven llamada Mērija Grīnberga, las salas de exposición de muchos museos en Letonia estarían vacías hoy en día. Grīnberga fue la única voluntaria que en 1944 acompañó al tren que transportaba los tesoros del arte letón con el fin de regresar con ellos a Riga. Las fuerzas de ocupación alemanas intentaron llevárselos; las fuerzas de ocupación soviéticas los devolvieron; Mērija cumplió con su deber. Como agradecimiento por su viaje, Mērija fue despedida de su trabajo en el museo y constantemente vista con sospecha.
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