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En noviembre de 2001, el pintor quebequés Edmund Alleyn (1931-2004) aceptó ser filmado en su estudio de Montreal por su hija, la cineasta Jennifer Alleyn. Allí, sucedió algo inesperado: un encuentro auténtico, sin rodeos, sin máscara. A partir de algunas preguntas existenciales –sobre la vida, la pintura, la muerte– emergió la verdad. El artista murió de cáncer en diciembre de 2004 antes de que Jennifer pudiera filmarlo de nuevo. Tras heredar su estudio, se encontró en este espacio sagrado, todavía impregnado de la presencia y la imaginación de su padre. Su película es un intento de prolongar el diálogo, de encontrar los fragmentos perdidos de la vida de su padre. Edmund Alleyn fue un hombre intenso y complejo de integridad que dejó su huella en la historia del arte canadiense.
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