Las producciones de obras clásicas de Thomas Ostermeier que visitan Gran Bretaña desde el Schaubühne de Berlín, del que es director artístico, suelen mostrar al menos un elemento crucial de reconceptualización flagrante. Sin embargo, en este caso, lo que distingue su nueva versión (editada con Florian Borchmeyer) del drama de 1912 de Arthur Schnitzler es su enfoque decididamente bajo perfil. Es la compostura de Hartmann la que personifica el tono de la producción. El escenario es simplemente una caja blanca en la que se escriben lugares y descripciones para cada acto, y el asunto se juega como un tema administrativo más que político o moral.
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