Kazimierz Karabasz visita círculos de fotógrafos aficionados en pequeñas ciudades (la mayoría de las fotografías fueron tomadas en Włodawa) y escucha sus historias sobre la ciudad, sus habitantes y la fotografía de su vida cotidiana. Los jóvenes, que son activos en centros comunitarios, le muestran al documentalista qué papel juega la fotografía en sus vidas y cómo influye en su percepción de su entorno: lugares y personas. La fotografía se convierte así en una escuela para mirar, ver y desarrollar sensibilidad. Resulta que no siempre es la forma y el taller lo que más importa.
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