A mediados de la década de 1990, surgieron informes de que Prince había entrado en conflicto con su compañía discográfica. Después de haber firmado lo que aparentemente era un nuevo contrato de 100 millones de dólares solo un par de años antes, Prince ahora exigía -no sin razón para la mayoría de los comentaristas- el control de sus grabaciones y la libertad de lanzar lo que quería cuando quería. Después de una amarga guerra de palabras, durante la cual la estrella se escribía Esclavo en la mejilla cada vez que aparecía en público y rutinariamente criticaba a su sello, las partes finalmente llegaron a un acuerdo y Prince a partir de entonces estaba libre para tomar el control total de su música y la forma en que se vendía a los consumidores. Prince se acercó a esta tarea con una visión devastadora, ya que rutinariamente creaba nuevos conceptos de marketing que, con el tiempo, se convirtieron en la norma en el mundo de la música.
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