Hablar de ese ballet es muy difícil porque el tema es tan popular como un cuento de hadas, adaptado por Perrault desde el folclore alemán y luego recuperado del mismo folclore por los hermanos Grimm, y lo que es más, convertido en una película inolvidable por Walt Disney. Angelin Preljocaj intentaba así romper un molde en el que ese personaje y su historia habían sido fundidos aparentemente para siempre. Y es un éxito. Porque en primer lugar, el escenario, la dirección de escena son muy interesantes y ricas. Ricos son los trajes. Ricas son las ideas principales del escenario, como el enorme espejo mágico que baja del cielo, o como la profunda mina subterránea convertida en una superficie vertical en la que los siete enanitos bailan como libélulas en sus cuerdas.
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