Desde una ventana de la casa de Fabiola, Sebastián observa cómo los cristianos son llevados a sus celdas, y mientras escucha los gritos y maldiciones de la multitud, su corazón se conmueve con piedad. Más tarde, Sebastián es denunciado al Emperador como cristiano, y es condenado a morir a espada por los guardias numidios. La noticia es llevada a Fabiola, quien envía a uno de sus esclavos al jefe de los numidios. Este es llevado a su casa, y se le ofrecen ricos sobornos para que no cumpla la orden del Emperador. Sebastián es llevado al lugar de ejecución, y el jefe ordena a sus seguidores que disparen con sus flechas, pero sin matar. Gravemente herido, Sebastián es llevado a la casa de Fabiola, donde ella lo cuida tiernamente hasta que se recupera. Pero Sebastián, parcialmente recuperado, se dirige a encontrar al Emperador, y lo reprende por su crueldad hacia los cristianos.
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