¿Alguien recuerda aquel proyecto de López Rega que, en 1975, ideó la construcción de un Gran Altar de la Patria donde todas las figuras míticas de la historia argentina pudieran estar en el mismo edificio? Desde San Martín hasta Perón en su caballo pinto. Desde los sellos de Billiken de nuestra infancia hasta los pechos de Libertad Leblanc de nuestros años de adolescencia. Todos los tópicos de la argentinidad reunidos bajo un mismo techo. Pero la construcción se retrasa. Los trabajadores se entretienen con sus propias pulsiones masturbatorias. ¿O es que la Argentina es una construcción imposible? Siempre a punto de comenzar, siempre exhibiendo grandes proyectos, grandes planes que nunca llegan a fructificar. Un país de segunda categoría que esconde su vacuidad fundamental detrás de monumentos. En el cine de Acha, la segunda categoría se expone, se muestra en toda su pomposidad mentirosa.
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