Retira tus faldas, oh doncella pura y hermosa, no sea que accidentalmente toquen sus ropas mientras pasa. Evítala como si fuera una vile reptil o una enfermedad maligna que contamina el aire. No le des palabra ni mirada que sugiera la simpatía de la humanidad. Ofrece una mano dispuesta a estrechar la suya, la mano que la llevó a la destrucción y la desgracia. Derrama sobre él sonrisas, las mismas gracias tiernas y el mismo amor que ella consideró digno de honrarlo. Pasa junto a ella, oh doncella, con una cara pura y orgullosa, si ella extiende una mano pobre y contaminada. Ignora en silencioso desprecio el lastimoso ejemplar de feminidad mientras pasa, suplicando un pequeño gesto de reconocimiento femenino. Pero, coloca tu mano en la suya en el día de la boda, el hombre que la llevó allí, y jura aferrarte a él. ¿Apedrear a la mujer; dejar al hombre libre?
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