Había una vez un rey que amaba disfrazarse tanto que gastaba todo su dinero en nuevos vestidos. Si se decía de algunos reyes: “El rey está en consejo”, entonces se decía de este: “El rey está en el vestidor”. Había dos reglas en su reino: la primera era amar al rey, la segunda regla era alabar sus vestidos. Pero dos alegres vagabundos decidieron enseñar al rey una lección por su estupidez; se presentaron como sastres del extranjero, prometiendo coserle un vestido que todos pudieran ver, excepto... los tontos.
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