Señales como la luna, farolas como estrellas. La cámara capta cálidamente las carreteras nocturnas de invierno, y el ojo del director es también el de un director que observa a dos personas que son más que amigos pero menos que amantes. Cuando Sakai elige lo que es más importante para él sin vacilar, es decir, cuando acepta la responsabilidad de amarla, el período en el que ella había "elegido" dejarlo le da a la historia una profundidad mayor. Una película que utiliza motivos irreales pero que describe el nacimiento de la felicidad de una manera suficientemente realista.
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