En la ciudad natal de la cineasta Sonya Stefan, Sault Ste. Marie, Ontario, un puente de arco de celosía atraviesa el río St. Marys, uniendo Canadá con Estados Unidos. Pero debajo del puente, existe un tipo de espacio liminal donde la noción de fronteras se desdibuja. Con una energía salvaje pero controlada con cuidado, esta obra desconstructiva nos transporta a un sitio curioso donde, al parecer, cualquier cosa es posible. En algún punto entre una pieza autobiográfica, un tributo sincero a una madre inmigrante cuyo destino está fuera de sus manos, y una película de danza rica en poesía y simbolismo, esta oda a la libertad burbujea con reflexiones y experimentaciones, todo contra el imponente telón de fondo de chimeneas de fábrica.
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