Un mandarín chino llamado Chang es ciego y encuentra su única felicidad en las caricias de su esposa y la adoración de su hijo. Un día, mientras pasea con su sirviente, Chang se encuentra con un hechicero que reconoce su rango y suplica que se le permita darle al gran hombre un líquido potente que le restaurará la vista. Chang se somete a la administración del remedio del hechicero y en un momento, por primera vez en su vida, contempla la belleza del mundo; todo a su alrededor le proporciona éxtasis desconocidos para su vista no acostumbrada. Encuentra belleza en el propio suelo sobre el que camina. Apresurándose a casa, advierte a su sirviente que no diga nada, pero decide sorprender a su familia. Entrando sigilosamente en la casa, se asoma por la puerta del estudio donde su hijo y su tutor deberían estar trabajando. Allí presencia la parodia de su propia debilidad que hace su hijo y el tutor gateando en el suelo de risa. En el jardín descubre a su joven esposa en los brazos de un mandarín vecino.
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