La puesta en escena es simplista: una muñeca, un hombre y algunas herramientas. Todos estos elementos se reúnen en un sótano iluminado por varios focos. El Hombre es un cuerpo y una conciencia. Su papel es el potencial infinito de la voluntad sádica. El impulso sexual, alimentado por el alcohol y las drogas, es tan fuerte que erosiona el envoltorio carnal, desde la epidermis hasta los nervios. La muñeca, un modelo para simulaciones médicas, no es más que plástico. Plástico, pero ícono, símbolo y, en consecuencia, marcado por lo unheimliche. Un hombre poseído por una frenzía libidinal y una muñeca con formas femeninas.
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