“Di la verdad y avergüenza al diablo”: Robert Frank había cumplido 80 años cuando se dispuso a hacer True Story, reutilizando fotografías fijas, películas caseras y extractos de películas completadas para reflexionar sobre la memoria y la resistencia. Momentos de deleite (una pinza de langosta y dedos de los pies moviéndose en silueta contra el cielo) se mezclan con momentos de melancolía (la cámara deslizándose sobre una de las cartas de collage torturadas de su hijo Pablo, escritas en microscrito: “Quería decir todo, quería deshacerse de su soledad…”); un inventario de debilidad (“dedos hinchados, uñas cayéndose, enfermedad de las encías, picazón, ritmo cardíaco irregular”) da paso a una imagen de firmeza (la base de un tocón de árbol antiguo sosteniendo otro árbol). — Museo de Arte Moderno
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