A invitación del Concertgebouw en Ámsterdam, el director de orquesta holandés Jules Coulée regresa a los Países Bajos para dirigir una interpretación única de la Tercera Sinfonía de Gustav Mahler. Coulée se sorprende desagradablemente al ver que el Concertgebouw está en obras y que las renovaciones continúan durante los ensayos. Además, la acústica de la sala es terriblemente mala y el balcón demasiado cercano, de modo que el solo de trompa de posta en el tercer movimiento no puede provenir de lejos, como prescribe la partitura. Para Coulée, toda la interpretación se sostiene o se derrumba con este detalle.
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