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The Boys inició como una de las mejores adaptaciones de cómics de la historia, destacando por su brutalidad y por ser un espejo idéntico de la realidad social y política de EE.UU. Sin embargo, desde la tercera temporada la serie perdió el rumbo principal. Se reemplazaron las peleas épicas de los inicios por un drama redundante que alargó los capítulos con lo mismo de siempre.
El cierre deja un sabor agridulce. La esperada radicalización e idolatría hacia Homelander debió llevarse al extremo; en cambio, terminaron restándole fuerza al personaje, reduciéndolo a un niño malcriado y llorón. Aunque el final es aceptable, queda la clara sensación de que no supieron cómo rematar una historia que en sus primeras temporadas fue brillante.