Una serie de planos fijos repetidos a lo largo de las estaciones corta y construye un bosque anónimo con un río que serpentea a través de él. Utilizando un sonido notablemente preciso, esta película nos sumerge en un lugar con fauna que florece y flora que se expresa a través de interacciones con los elementos. Finalmente, se siente una presencia humana discreta dentro de este entorno natural, y los paisajes filmados cambian gradualmente ante nuestros ojos, aludiendo a una fuerza superior que podría alterar el equilibrio. Con esta película cuidadosamente construida, sorprendente y minimalista, Robert Morin borra fronteras y nos recuerda que la realidad siempre es fabricada en el cine.
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