A lo largo de un día, Fausto, invencible en su inercia, observa una procesión paradójica de visitantes que pasan por su lado: el párroco melifluo del pueblo; un hombre misterioso con su idea de negocio absurda con temática de fantasmas; el capitán de los Carabinieri que le propone un matrimonio apresurado con su hija, que ha quedado embarazada de un desconocido. Finalmente, entrada la noche, una pareja de ladrones entra en la casa con la complicidad de Bárbara. Fausto los sorprende, impasible y aburrido como siempre, y les tranquiliza: no queda nada, ni oro ni pinturas, todo se ha vendido. Los tres no hacen más que charlar hasta que sale el sol, cuando los ladrones se van y Bárbara pone el café al fuego.
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