Un hombre llama a mi puerta. Le pregunto qué necesita. No responde. Me mira durante unos momentos, con ojos enormes. Me mira como se mira a un espectro. Ríos nacen en ese silencio, en esos ojos alucinados, y despliegan un recuerdo de agua, un conocimiento fragmentado de tornados y riberas, de árboles que crujen, de pájaros que se bañan en la lluvia, de hombres perdidos en alguna isla, de ahogarse en las aguas estancadas, del chapoteo de los remos, de la sombra donde el río se estrecha. Un hombre llama a mi puerta. Me dice: No estás aquí, no estamos aquí.
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