Un día, Jean-Baptiste Beauregard (Pierre Curzi) no sale a enfrentar el trabajo ni las actividades diarias, en su lugar se deja llevar por ensoñaciones sobre las mujeres de su pasado, sobre sus años de adolescencia, su matrimonio fallido y incluso sus deseos de la infancia. Sus imágenes mentales se suceden en la pantalla, revelando que las mujeres de su vida son todas iguales (diferentes pelucas y disfraces en la misma actriz), y su vida amorosa no cambia tampoco. Esta uniformidad puede tener un efecto embotador en los espectadores, indicando que si las reminiscencias de Jean-Baptiste se hubieran editado y sus ensoñaciones fueran más variadas y emocionantes, habría mantenido el interés un poco más tiempo.
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