Si el pobre y melancólico danés, Hamlet, hubiera vivido en este siglo XX, nunca habría pronunciado la frase: "Oh, que esta carne demasiado sólida se derritiera, se descongelara y se resolviera en rocío". ¡Ni mucho menos! Habría obtenido algo del misterioso fluido compuesto por un científico erudito, por el cual las cosas animadas e inanimadas se volvían inexistentes, al menos durante diez minutos, simplemente rociándolas con él. En un atomizador, envía una cantidad, acompañada de una carta, a su hermano. Con la esperanza de que lo comercialice. El hermano lo considera una broma, y, mientras juega con el atomizador, se rocía accidentalmente. ¡Presto! Desaparece, para asombro del chico mensajero que ha llevado el paquete allí. El chico lee la carta, y al instante ve la cantidad de diversión que puede obtener de ello, así que se lo apropia.
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