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El resplandor de una mente sin recuerdos me hace cuestionarme cuánto podemos llegar a conocer realmente a alguien y, después de compartir tantas vivencias, si realmente sería mejor olvidarlo.
Hay algo doloroso en la idea de borrar a una persona, pero también algo hermoso en pensar que, aunque intentemos hacerlo, quizá siempre queda algún rastro de aquello que fuimos con ella en algún lugar de nosotros.
Me gusta mucho cómo la película muestra la vulnerabilidad y cómo no presenta el amor como algo perfecto e idealizado, sino como algo profundamente humano, lleno de inseguridades, errores, miedo, momentos hermosos y otros que duelen.
Hay una escena en la que Clementine habla de cuando era pequeña y se sentía fea, y la verdad es que me vi reflejada en ella más que nunca. Quizá por eso me llegó tanto, porque se siente como un amor real, uno que no necesita ser perfecto para haber sido verdadero.
Y aunque a veces amar pueda pesar tanto que uno desee olvidarlo, la película todavía deja esa pequeña esperanza de que algunas cosas, incluso las que duelen, valen la pena recordar