El rey Enrique VIII, prendado de Ana Bolena, desea reemplazar a su estimable reina Catalina por ella. Apela al cardenal Wolsey para que aparte los principios de la Iglesia y consienta en su divorcio de la reina. El cardenal se niega absolutamente a hacer algo tan perjudicial para su cargo, como representante de la Santa Sede. El rey Enrique, enfurecido, induce al arzobispo de Canterbury a convocar un consejo especial a través del cual se divorcia de la reina Catalina. Como castigo por su negativa a acceder a los deseos del rey, el cardenal es exiliado al monasterio de Leicester, donde muere tres días después, consciente de que había mantenido la santidad de su cargo, un mártir de su fe y al servicio de su rey.
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